El valor cultural de las Velas de Mayo

Lunes, Mayo 8, 2017 - 16:15

*Ana Isabel Vásquez Colmenares
Comienza este mes tan florido en nuestro estado, y es inevitable hablar de una de las tradiciones más importantes para las y los oaxaqueños: Las Velas de Mayo, que primordialmente se realizan en Juchitán y Espinal, pero que desde hace ya algunos años su festividad ha permeado también en la capital. Me cuenta el Director de la Casa de la Cultura de Juchitán, Vidal Ramírez Pineda, que el concepto de Vela con su característico Telón, surgió hace aproximadamente 160 años, y se llevan a cabo en mayo por dos razones históricas: para celebrar el otorgamiento del título de Villa al pueblo de Juchitán concedido por el entonces Gobernador Benito Juárez García en 1857, y en celebración al restablecimiento de la paz entre Juchitán y Tehuantepec, ambos eventos ocurridos durante el quinto mes.
Con aquel título de Villa, también les fueron concedidos a los juchitecos los primeros tres días del mes de mayo para dedicarlos a sus fiestas. A partir de entonces empiezan a organizarse las cofradías agrupándose de acuerdo a las vocaciones del pueblo, es decir, agricultores, ganaderos, pescadores, entre otros, así como por sectores geográficos en torno a su Santo Patrón. Por ejemplo, originalmente el sector agricultor venera a San Isidro labrador, mientras que el pesquero festeja la Santa Cruz Guzebenda y los alfareros a San Pedro Cantarito.
Si bien el concepto de Vela es mestizo, al conjuntarse los ritos y festividades que ya existían en nuestro pueblo zapoteca, con elementos de las romerías andaluzas y el marcado catolicismo heredado de la conquista, los pueblos del Istmo se han encargado de preservar la cultura zapoteca como el alma de la fiesta. Un caso interesantísimo es el de la Vela Santa Cruz Guelabe’ñe, dedicado a un animal de culto zapoteca, el lagarto, dónde hasta la fecha resulta ser el invitado de honor, para posteriormente ser liberado.
Cada Vela se compone de episodios festivos importantes realizados con su guardada ceremonia. El primero es meses antes al día de la Vela, la “Labrada de Cera”, que se realiza en la casa de los Mayordomos para formar los cirios que se ocuparán, donde se comen tamales y se bebe bupu. Posteriormente, el día principal comienza con una misa por la mañana en la Iglesia del Santo Patrono y al término se ofrece un desayuno. Por la noche se lleva a cabo el Gran Baile al que las mujeres asisten con su traje de gala y sus mejores joyas, y los hombres con guayabera blanca y pantalón de vestir negro. Es una fiesta masiva compuesta por socios (entre 30 y 100), los cuales tienen espacio para invitar y atender a 100 personas, sumados a capitanes, capitanas, la reina y los mayordomos entrantes y salientes, quienes tienen espacio preferencial para atender a más gente.
Se baila hasta al amanecer al ritmo de La Llorona, La Sandunga, El Fandango y la Petrona, que dan la oportunidad a las mujeres de lucir con donaire y cadencia los majestuosos bordados de sus trajes, mientras que los hombres con su zapateado forjan la filigrana del cortejo. En medio de la celebración, alrededor de las dos de la mañana se hace el cambio de Mayordomía en el centro de la pista, donde el maestro de ceremonias, denominado Xhuaana ofrecerá unas emotivas palabras. El acto se concluye al ritmo del Son de la Paloma, con el que se reanuda el baile.
Al día siguiente se le conoce como la “Tirada de Frutas”, que es un desfile de estandartes que se realiza con gran algarabía en las comunidades, con camiones adornados con flores y comandados por un capitán o capitana de niñas, niños, jóvenes y adultos que van tirando obsequios a la concurrencia. Finalmente, se concluye con el día del “lavado de olla”, donde también se ofrece comida y baile, y cuyo sentido tradicional era el ayudar a la mayordomía a lavar los platos y ollas utilizadas.
Por otra parte, la profesora Margarita Toledo, integrante del Comité de Autenticidad de Oaxaca y oriunda de Santo Domingo Tehuantepec, me cuenta de la colorida tradición del “Convite de Flores” que se realiza allá y es encabezada por el Xhoana, es decir el principal de cada barrio, quien entrega las velas y las flores que se ofrecen en el altar de la Iglesia. También me recuerda, que Doña Juana Cata Romero, mujer industriosa, gran benefactora del pueblo de Tehuantepec e históricamente recordada por su amistad con Porfirio Díaz, por aquellos años hacía una Vela muy grande con muchos invitados.
Las Velas Istmeñas, no sólo las de Mayo, son la máxima expresión vigente de nuestra cultura zapoteca, cargadas de su gran reserva espiritual donde confluyen arte, genio y sacralidad, que nos permiten festejar nuestro origen y a la vez fortalecer los lazos comunitarios. El ciclo festivo de cada Vela, me recuerdan el libro “Hispanidad, Fiesta y Rito” de Leonardo Da Jandra, donde dice que fiesta tiene su propio espíritu, pues es un conjunto de factores que influyen y la hacen única, ninguna es igual a otra aunque los elementos sean aparentemente los mismos.
Sin lugar a dudas, son una gran festividad única en el mundo, nacida del legado de nuestro pueblo zapoteco en perfecta fusión con los vestigios que la época colonial nos dejó. Por cierto, les comparto que estoy muy emocionada por haber sido invitada a la Gran Vela de San Vicente Ferrer, el Santo patrono de la Ciudad de Juchitán, que se llevará a cabo el día 26 de mayo. Aprovecho para agradecerles a los mayordomos de este año, Tania Gómez Palomino e hijos y a la Presidenta de la Vela, la profesora Geraldina Velázquez, con mucho gusto estaremos por allá.
Así pues, mayo debe reafirmarnos a las y los oaxaqueños, que nuestras tradiciones siempre deben ser motivo de encuentro y alegría mediante el respeto y la aceptación del otro. Retomando el culto que nuestros ancestros zapotecos hacían para venerar a las deidades y animales para que les protegieran sus cosechas, viene al caso desear que las fiestas de este mayo traigan una mejor cosecha para nuestro pueblo Istmeño, prosperidad y armonía para Oaxaca.